Mi hermano experimenta la sanación milagrosa de Dios

“Lizhi, ha ocurrido algo terrible. Cuando Xiaodong estaba trabajando en la obra, una tonelada de barras de acero ha caído desde lo alto y lo ha aplastado. Ha perdido mucha sangre y su vida está colgando de un hilo. Lo han llevado al hospital, así que debes apresurarte”. Yo estaba en el trabajo cuando contesté la llamada de teléfono del compañero de trabajo de mi hermano pequeño. Sin tiempo para pensar, tomé un taxi deprisa y fui al hospital. En el taxi el corazón me latía muy deprisa y pensaba: ¿Cómo son las lesiones de mi hermano? ¿Se puede morir? Cuanto más pensaba en ello, más miedo tenía. Pero justo entonces, me vinieron a la mente las palabras de Dios: “No temas, Todopoderoso Dios de los ejércitos estará con toda seguridad contigo; Él guarda vuestras espaldas y es vuestro escudo”. Las palabras de Dios me permitieron entender y pensé: Sí, Dios es todopoderoso y es nuestro apoyo incondicional. Dios está con nosotros y no tengo que temer nada. Pase lo que pase, debo confiar en Dios. Entonces, oré rápidamente a Dios en mi corazón: “¡Oh, Dios! Mi hermano ha sufrido un desastre y no sé cómo afrontarlo. ¡Oh, Dios! ¡Por favor, sálvale!”. Seguí implorando a Dios y, en mi dolor y tormento, el taxi llegó al hospital.

Entré corriendo y mi esposo dijo que las lesiones de mi hermano eran muy graves, que necesitaba una operación importante y que ya llevaba en el quirófano dos horas. Se me puso el corazón en la garganta inmediatamente y mi mente se inundó de temor y preocupación: Nuestro padre solo tiene este hijo. Si le ocurriese algo, ¿podría superarlo nuestro padre a su edad? Si mi hermano perdiese los brazos o las piernas, ¿perdería el valor para vivir? ¿Y cómo lo afrontaría yo cuando llegase el momento? Justo entonces, mi esposo me trajo la ropa de mi hermano y vi que sus zapatos y sus pantalones desgarrados estaban llenos de sangre y que había trozos de su carne pegados a ellos. Me sentía como si alguien me hubiese clavado un cuchillo en el corazón. Me dolía tanto que no podía respirar y no me podía mantener de pie. Si mi marido no hubiese estado a mi lado para sostenerme, me habría desmayado y caído al suelo. No podía imaginar la escena en la que mi hermano fue herido. Pensé en como le había visto bien el día anterior y como ahora su vida estaba colgando de un hilo y no pude parar de sollozar intensamente. Mientras lloraba, oraba a Dios: “¡Oh, Dios! ¡Por favor, salva la vida de mi hermano! Siempre que siga respirando, no importa que no se pueda levantar de la cama. ¡Oh, Dios! Siento un dolor inmenso en mi corazón ahora mismo y no sé cómo superarlo”.

El tiempo se paró, los minutos y los segundos se hicieron interminables y la puerta del quirófano no se abría. No podía evitar tener ansiedad y pensé: Ha pasado mucho tiempo, ¿por qué no ha salido todavía? ¿Ha ido algo mal? Pensé en la sonrisa brillante de mi hermano, entonces miré su ropa manchada de sangre y no pude tragarme las lágrimas. Mi esposo se acercó e intentó consolarme, pero sus palabras no tuvieron ningún efecto en mí. Mientras me sentía débil, una hermana de la iglesia escuchó la noticia de que mi hermano había tenido un accidente y me envió un pasaje de las palabras de Dios con su teléfono móvil: “La fe es como un puente de un solo tronco: aquellos que se aferran miserablemente a la vida tendrán dificultades para cruzarlo, pero aquellos que están dispuestos a sacrificarse pueden pasar sin preocupación. Si el hombre tiene pensamientos de duda y de temor, es un engaño de Satanás. Él teme que crucemos el puente de la fe para entrar en Dios. Satanás diseña todos los medios posibles para enviarnos sus pensamientos; siempre debemos orar para que la luz que Dios brille sobre nosotros, y siempre debemos confiar en Dios para purificarnos del veneno de Satanás. Siempre debemos practicar en nuestros espíritus el acercarnos a Dios. Debemos permitir que Dios domine todo nuestro ser”. Las palabras de Dios hicieron que mi corazón aterrado y desesperado se tranquilizase. Vi que mi temor y preocupación constantes eran ideas que Satanás había puesto en mi cabeza y que demostraban que me faltaba verdadera fe en Dios. Nuestras vidas están en las manos de Dios en realidad, y Dios predestina y rige el tiempo en el que nacemos y el tiempo en el que morimos. Él tenía la última palabra y supe entonces que debía tener fe en Dios. Pensé en Job cuando pasó por sus dificultades; perdió todas sus posesiones y a sus hijos, pero nunca se quejó ni culpó a Dios, y esto se debe a que tenía verdadera fe en Dios. Aunque estaba lejos de ser tan buena como Job, quise seguir su ejemplo. Aunque mi hermano muriese o quedase inválido, sabía que debía someterme a la soberanía y plan de Dios sin quejarme, y que no debía hacer demandas irracionales a Dios. Al mismo tiempo, sabía que debía orar a Dios en todo momento y confiar que Dios me guiaría. Y por eso, oré a Dios: “¡Oh, Dios! Está en Tus manos que mi hermano salga ileso de esta situación. Te pido que me des fe y fuerzas para que pueda enfrentarme con calma al resultado, sea cual sea”. Mientras contemplaba las palabras de Dios una y otra vez, el dolor en mi corazón disminuyó en cierta medida.

10 horas más tarde, la puerta del quirófano se abrió por fin. Mi corazón dio un saltó y fui corriendo. El médico nos dijo: “Su hermano ha tenido mucha suerte. Cuando llegó, no estábamos seguros de si podríamos operar. Sus piernas tenían fracturas conminutas, y su carne y sangre estaban mezcladas con mucho sedimento. Las venas estaban todas rotas y las heridas se habían infectado. Sus tejidos musculares presentaban necrosis y, debido a la demora y a haber perdido tanta sangre, es inmensamente afortunado de que le hayamos podido salvar”. Al escuchar al médico decir estas palabras y averiguar que mi hermano estaba fuera de peligro, me llené de emoción y di gracias a Dios una y otra vez.

Unos momentos más tarde, el médico nos dijo que fuésemos a ver a mi hermano en la UCI. En cuanto entré, vi a mi hermano tumbado en una cama en un estado comatoso con tubos insertados en la boca y la nariz. Estaba todo envuelto en vendas; una pierna estaba sujetada por placas de acero y el pie estaba tan hinchado como la garra de un oso. Cuando lo miré de más cerca me di cuenta de que no había ninguna parte de su cuerpo que no estuviese herida y no pude mirar más. Llorando caminé hacia el lado de la cama y tomé su mano. Con una voz suave, le hablé al oído: “Xiadong, soy tu hermana. ¿Puedes oírme? Has sobrevivido gracias a la protección de Dios. No tengas miedo. Debes confiar en Dios y te mejorarás sin falta”. Justo entonces, mi hermano abrió milagrosamente sus ojos hinchados, y llorando asintió con su cabeza despacio. Sentí una gran emoción y pensé: Si mi hermano pequeño puede aceptar la salvación de Dios por lo que le ha ocurrido, ¡entonces esto tiene que ser una bendición disfrazada! Le apreté la mano fuertemente, mostrándole que debía seguir aguantando, y una vez más ofrecí alabanza y le di gracias a Dios en mi corazón: “¡Oh, Dios! Te doy gracias. Mi hermano vive por Tu misericordia. ¡Cuando se encuentre mejor, le predicaré el evangelio y le daré testimonio de la gracia de Tu salvación!”.

Después de la operación, mi hermano se recuperó rápidamente de sus lesiones, y una semana más tarde, fue trasladado a una planta para pacientes no graves. Durante ese tiempo, le prediqué el evangelio con mi hermana de la iglesia. Una vez, mi hermano dijo con gran sentimiento: “Cuando ocurrió, si no hubiera sido por una tabla de madera gruesa que me protegió las piernas, esa tonelada de barras de acero que cayó desde lo alto me habría matado. ¡Fue gracias a la protección milagrosa de Dios! Por haber sufrido este accidente, por fin puedo apreciar que mi vida y mi muerte están en las manos de Dios, y que Dios está a mi lado”. Al escuchar a mi hermano decir esto, todos ofrecimos gracias a Dios y le alabamos. Después de varios días leyendo las palabras de Dios, mi hermano aceptó la obra de Dios de los últimos días y empezó a escuchar a menudo recitales de la palabra de Dios y a ver videos de canciones y bailes en el hospital. Empezó a tener más ánimo y su habla mejoró. El médico y los demás pacientes de la planta le decían asombrados: “¡No parece que hayas tenido una operación tan importante! ¿Qué elixir milagroso te ha estado dando tu hermana para que te recuperes tan pronto?”. Cada vez que oía a alguien decir algo así, daba testimonio de cómo Dios le había salvado con Su salvación milagrosa.

Un mes más tarde, al ver que la salud de mi hermano se recuperaba bien, el médico decidió prepararle para una operación para suturar las venas rotas en las piernas. Pero, inesperadamente, después de que el médico le examinase con más profundidad, me dijo sin esperanza: “Me temo que tendremos que amputarle las piernas a su hermano. Como sus heridas fueron tan graves, los músculos se salieron de las piernas, lo que ha causado necrosis en la mayoría de los tejidos musculares. Si no se las amputamos, su vida correrá peligro”. Cuando el médico dijo esto, mi mente se quedó totalmente en blanco y fui incapaz de aceptar que las piernas de mi hermano tenían que ser amputadas. Si mi hermano se convertía en un minusválido, ¿cómo viviría el resto de su vida? Pero, si no le amputaban las piernas, podía morir; ¿cómo iba a decirle esto? ¿Lo aceptaría? Aunque estaba completamente perdida, las palabras de Dios vinieron a mi mente: “El corazón y el espíritu del hombre están en la mano de Dios y toda la vida del hombre es contemplada a los ojos de Dios. Independientemente de si crees esto o no, cualquiera de todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se moverán, se renovarán y desaparecerán de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios gobierna sobre todas las cosas”. Las palabras de Dios me permitieron entender que Dios tiene soberanía sobre todas las cosas, que el futuro y el destino de mi hermano estaban orquestados y dispuestos por Dios, y que mis preocupaciones eran innecesarias. Antes, cuando la vida de mi hermano estaba colgando de un hilo, fui testigo del poder absoluto y soberanía de Dios. Esta vez, debía confiárselo todo a Dios una vez más y, fuera cuál fuera el resultado de la operación, aunque las piernas de mi hermano tuviesen que ser amputadas, no culparíamos a Dios.

Entonces me armé de valor y le dije a mi hermano lo que iba a pasar. En ese momento estaba todavía preocupada de que no aceptara la noticia. Pero, inesperadamente, estuvo en silencio durante un rato y después dijo tranquilamente: “Es un milagro que esté vivo. No quiero hacer más demandas excesivas, sino que me someteré a la soberanía y las disposiciones de Dios”. Mi hermano y yo ofrecimos una oración de obediencia a Dios y estuvimos dispuestos a enfrentarnos con calma a la operación de amputación.

Tres días después, el médico se preparó para operar a mi hermano. Antes de comenzar la operación, el médico dijo: “Tras otra observación, hemos llegado a una conclusión final y, dada la situación de su hermano, nos gustaría intentar un enfoque nuevo. Nunca lo hemos probado y nos gustaría hacerlo por primera vez con su hermano para ver si podemos salvarle las piernas. Sin embargo, no podemos garantizar el resultado”. Las palabras del médico me trajeron un rayo de esperanza. Por lo menos había una posibilidad de salvar las piernas de mi hermano, así que di mi consentimiento. Después de la operación, el médico dijo contento: “¡Su hermano ha sido muy afortunado! La operación para suturar las venas ha sido un éxito y esto significa que hay muchas posibilidades de que su hermano no pierda las piernas”. Al escuchar esto, me llené de gozo y di gracias una y otra vez a Dios. Ocurrió exactamente según las palabras de Dios: “[...] cualquiera de todas las cosas, vivas o muertas, cambiarán, se moverán, se renovarán y desaparecerán de acuerdo con los pensamientos de Dios. Así es como Dios gobierna sobre todas las cosas”. Una vez más, fui testigo de las obras de Dios.

Después, mi hermano pasó por dos operaciones importantes más y se encontró con muchos obstáculos. Aunque todavía estábamos preocupados y angustiados, mi hermano y yo confiamos en Dios juntos y, bajo la protección y el cuidado de Dios, cada operación salió bien. Después de estas tres operaciones, mi hermano no perdió las piernas. Tres meses después de la última operación, mi hermano pudo utilizar una silla de ruedas; cinco meses después de eso, volvió a andar. Los médicos que trataron a mi hermano vieron que se recuperaba tan rápidamente que estaban sorprendidos. Las fracturas de los huesos siempre tardan mucho tiempo en curarse, pero ver que mi hermano volvía a andar después de sólo cinco meses de ser hospitalizado era algo que ellos dijeron que no habían visto nunca en su hospital. Pero yo sabía en mi corazón que esa era la obra de Dios.

Después de experimentar el accidente de mi hermano, he llegado a sentir verdaderamente que Dios está a mi lado. Cuando sentía angustia y temor por el estado de mi hermano, fueron las palabras de Dios las que me dieron fe y fuerza y me permitieron permanecer firme; cuando confié en Dios y busqué a Dios con el deseo de obedecerle, fui testigo de Sus obras milagrosas y mi fe en Dios creció. En el camino de mi fe en Dios, esta experiencia ha sido un tesoro valioso. Después de esto, en mi vida, cuando pasan cosas buenas o malas, siempre deseo confiar en Dios para enfrentarme a ellas. Con Dios a mi lado, ¿qué hay que temer? Gracias a Dios. ¡Toda la gloria sea para Dios!

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